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Hoy hablaremos de lo que resta a los pesimistas tras perder demasiadas cosas. De unos y ceros indefinidos. De física cuántica, genética afectiva, tecnología pasional, sexo virtual y locura global. De política multipolar en un mundo de humanos bipolares. De la nostalgia por un romance analógico que nos salve de las tristezas digitales. De jóvenes marchitos y adultos rejuvenecidos, casas de bahareque en plena metrópolis, crisis económica sobrevalorada y dramas ecológicos potenciales. De indígenas con Twitter y sms en warao. De la ingeniería de lo factible. De contradicción, evolución y confusión. De todo y de nada.
Fue en diciembre de 2007 cuando perdí la fe. En la sociedad de la información todos somos complicados, traicioneros y vampiros. Todos estamos equivocados. Todos estamos en lo cierto. Es la teoría del caos en versión revisada. Lo que pasa en Las Vegas afecta a los chinos y lo que sucede en Berlín influye en Honduras. Es la nueva aleatoriedad de la causa y sus efectos. Si rompes un corazón en Buenos Aires alguien te lo despedazará en Caracas. Si ocultas un secreto en Madrid alguien lo revelará en Bogotá. La semana pasada me equivoqué. Si el mundo se empeña en acortar distancias tecnológicamente, la mentira tiene las patas más cortas que nunca. No hay aislamiento posible ni camisas de fuerza ni bloqueos efectivos ni excusas creíbles. Nadie se esfuerza en ocultar nada. No existe algo privado o sagrado o creíble o terrible. Sabemos demasiado, aunque muy poco que valga la pena. El exceso de accesos nos ha hecho vulnerables y la ausencia de imposibles hace que sobren respuestas a preguntas que nadie ha hecho. Así que lo único que queda es ser brutalmente sincero. Y ya.
He estado pensado en esto. Y que en este cuento de Borges tropicalísimo y lleno de fisuras narrativas, con la paradoja de sus mitos vivientes, presidentes pixelados y violencia incalculable, quiero contar esta historia mínima, honesta y casi imperceptible de la sinceridad en la era de la impostura. Sin vergüenza, sin miedo, sin odio, sin compasión. Ponerle corazón de nuevo al hombre de hojalata.
Me he pasado los últimos años programándome para postear la data de esa desilusión permanente en la que se ha convertido el futuro y encontrar alguna pista que me convenza, otra vez, de que somos humanos y no un algoritmo matemático en plena ebullición química. Quiero recuperar la fe en lo simple, volver a creer que hay una chica para cada chico. Volver a sentir algo. Volver a ser analógico. Añadir algo a una carta ya concluída y firmada en la que había hecho un montón de promesas que ya no quiero cumplir.
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