[sígueme en twitter aquí]
[agrégame en facebook aquí]
En principio, la arrechera es la mejor de todas las motivaciones. Hay que comenzar por algún lado y para mí lo más honesto es comenzar desde ahí. Sin embargo, sea cual sea el móvil, es la forma y no el fondo lo verdaderamente innovador de esta teoría, por lo tanto es a eso a lo que debes prestar atención de la misma, que dicho sea de paso, como teoría no es mía, sino de mi mujer.
La coartada perfecta para la irreverencia es la vejez. O dicho de otra forma, el punk le pertenece naturalmente a los ancianos. Es algo así como la paradoja sobre la que se construye por completo El Planeta de los Simios, si lo que quieres es que te lo explique científicamente, o cinematográficamente, o en una mezcla arrebatadísima de las dos.
Básicamente se trata de darte cuenta de que tu futuro es el pasado de tu presente.
El punk es de los viejos, por antonomasia. Míralos bien. Chasqueando la boca, dejando de bañarse durante días, diciéndole hijo de puta en la cara a quien les dé la gana. Pregúntate si no sería maravilloso darle a tu abuela un arma. Imagínate por un momento que le pega un tiro a un malandro escogido al azar. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Uno pierde tanto tiempo tratando inutilmente de retrasar el envejecimiento. Uno pierde tanto tiempo revirtiendo lo irreversible. Uno invierte tanto dinero en vitaminas, cremas faciales, dietas, cirugías y ejercicio. Uno no entiende que la decadencia del cuerpo es un argumento irrefutable para ser capaz de hacer todo lo demás.
A veces estamos en la cama, mi mujer y yo, viendo televisión, cada quien en lo suyo. Y entre el montón de fantasmas ventiañeros de cabeza hueca y de tetas vendiendo chancletas y de almas retocadas con Photoshop, de repente nos topamos con algún viejo admirable, uno de esos viejos anónimos que no tienen sentido del ridículo, un viejo sin vergüenza al que le sabe a mierda que lo conviertan en chiste.
Y lo que somos mi mujer y yo, estamos convencidos de que deseamos ser como él.
Lo que queremos es hacer de la vejez un superpoder, el más genial de todos. Lo que queremos es dejar que los años nos hagan invencibles, como lo fuimos antes, como lo cantan los Babasónicos en su poesía imposible, enseñándote a dejar de temerle a tu destino, siempre y cuando permanezcas siempre apurado.
Es la forma, no el fondo. Porque sea de la forma que sea, todos andamos buscando siempre lo mismo: alguien que mire al mundo como seguramente en uno de esos miles de millones de universos paralelos ya lo has mirado tú. En mi caso, como escribí al comienzo, el detonante siempre será la arrechera y su rush, la arrechera contra todo lo que no seas tú mismo. Y es que es un detonante muy válido, tomando en cuenta que, como leí hace poco, nadie debe subestimar el poder del resentimiento.
Yo estoy urgido por envejecer, pero el tiempo se toma su tiempo y esa es la excusa de quien inventó la paciencia y también de quien inventó los secretos. Estoy ansioso por tener libertad plena de hacer lo que me venga en gana. Mientras tanto, no pasa nada. Sólo que la arrechera de la que hablo, pues, se va macerando. El cuerpo se deshace y la máquina tarde o temprano se descompone, pero la arrechera insiste en hacerse más fuerte en el futuro y el futuro en parecerse tanto al pasado y no hay nada más peligroso que un rencor madurado en manos de alguien irresponsable, libre y senil como lo serás en algún momento, como estoy seguro de que ya fuiste alguna vez.
Y tampoco hay nada más maravilloso.
Quiero llegar de una vez por todas al futuro. Quiero conocerte, de nuevo. Quiero que perdamos los dientes, juntos. Quiero que seamos jóvenes por siempre, otra vez.






